Única sobrina de Fr. Jesús.
Desde siempre he visto a mi tío, como una persona excepcional. Creo que toda su vida la vivió para su fe y para los demás. Tenía la limpieza de mente de un niño para los temas mundanos y las convicciones de un adulto, para llevar a cabo lo que un día decidió hacer con su vida.
Al ser huérfano, mi madre y él, tuvieron que estar separados con la tía y la abuela, donde tuvieron que vivir una vida dura. Al tío Carlos -Jesús-, la abuela le hizo sufrir mucho, como también tuvo que sufrir mi madre, su hermana. Esto lo tuvieron guardado en secreto muchos años los dos, para evitar el hacerse sufrir el uno al otro cuando se encontraban.
Por ser la única sobrina, a mí me quería mucho y me obsequiaba con lo que podía. Recuerdo que me hizo una casita de muñecas en la que no faltaba nada. Estaba tan bien hecha que era la envidia de mis amigas que venían a jugar con ella. Para mi primera comunión me obsequió con un rosario de nácar que le trajeron de Tierra Santa bendecido. A mi madre la obsequiaba con avellanas, nueces o almendrucos cogidos del huerto. Era lo que le daban, pues nunca tenía dinero. Y cuando mi madre le daba algo, lo repartía entre los pobres.
Recuerdo que en mi niñez me llevaba a la iglesia y como me cansaba, sentada me ponía a mirarle hasta que terminara sus rezos. Me admiraba cómo podía aguantar tanto tiempo de rodillas, con los ojos cerrados, sin moverse ajeno a todo, en una postura incómoda y totalmente concentrado. Después cuando salía se hacía amigo de todos los niños.
Mi padre, que había sido republicano, le respetaba, admiraba y le quería mucho. Era imposible no quererle. Para mí fue la persona más íntegra que he conocido. Te daba ejemplo de coherencia, sensatez, pensaba, hablaba y actuaba en la misma dirección. Cuando hablaba de su fe se le iluminaban los ojos, se emocionaba. Una característica de su físico eran sus manos. Hablaban más que su boca. Las movía con fuerza, como apoyando sus palabras. Las movía como un artista.
Cuando venía a ver a mi madre -su hermana-, mi tío era una celebridad en el barrio de San Jerónimo (Talavera de la Reina), donde vivíamos. Todos querían hablar con él. Mi madre se enfadaba porque le quería tener todo el tiempo junto a ella. Pero en el momento en que se enteraban los vecinos venían inmediatamente a verle, querían llevársele a sus casas, hablar con él. Los niños le miraban serios, quedaban electrizados, pero al poco tiempo se rendían ante su dulzura. Ver a mi tío en el barrio rodeado de niños, era lo normal. Era tan ingenuo como ellos. Hasta su muerte conservó la ingenuidad de la niñez. Tenía algo por lo que todos le admiraban y querían.
Me lo contó mi madre. Una de las veces que vino a verla, venía derrotado y muy triste, (cosa extraña en él que siempre estaba feliz). Mi madre le preguntó qué le pasaba. El se echó a llorar muy apenado y le contó el motivo: Había una viuda con una hija necesitadas, a las que visitaba para socorrerlas en lo que podía y llevarlas apoyo espiritual. Algunas personas con no buena intención, murmuraron sobre este motivo llegándole a sus oídos. Su gran desconsuelo era porque sin pretenderlo, con su conducta, había hecho pecar a alguien de pensamiento y palabra. Eso le hacía un daño enorme. Yo también le vi llorar aunque no sabía el motivo. Esto le hizo pensar mucho y quiso retirarse en un convento aislado para dedicarse sólo a la oración. Los Padres y compañeros le animaron y le disuadieron. No quería nunca ofender a nadie.
Cuando dormía en casa, se levantaba muy pronto, hacía sus rezos y se marchaba a misa a las 7 de la mañana, al convento de las MM. Bernardas. la vuelta todos hablaban con él y le invitaban a que desayunara con ellos. Si le daban dinero para el viaje, se lo guardaba para darlo a los pobres nadie. Era totalmente íntegro, honesto, fiel, trabajador y siempre disponible. Su compromiso de religioso estaba por encima de todo. Amaba el hábito y todo lo que él significa.
Cuando hablaba de cosas religiosas, nos absorbía la atención. Hablaba con fervor y sentimiento como el que vive lo que dice. A veces se emocionaba y se le salían las lágrimas. Era un hombre totalmente espiritual. De la Virgen decía cosas llenas de fervor. Mi madre le entendía muy bien y se emocionaba con él. ¡Cuánto bien nos ha hecho! Vestía pobre, pero limpio y siempre aseado. Nunca tenía nada para él, todo era para los demás. Entregó su vida por lo que el amaba. Siempre le recordaré.
Ma. Jesús Carrasco Paredes
Talavera de la Reina (Toledo)