Fray Jesús es un franciscano de los más fieles ejemplares y seguidores de San Pedro de Alcántara. Hombre apasionado que llenó su mente de imágenes de Cristo y de la Virgen. Su nombre: Fr. Jesús de la Cruz, ya es una señal, un símbolo. Significa lo que quería, lo que iba a ser su vida. Y cómo llevó esa gran cruz. Su amor a la Madre, es otra señal de preferido, de buen hijo. ¡Qué bien hablaba de la Madre! Y cómo valoraba la maternidad, el tener madre. Todo lo aprendió en La Mística Ciudad de Dios, que la leyó hasta sabérsela. El la leyó creyendo, como quien escucha la verdad; y así la admitió como vida para su espíritu.
Fue un hombre enteramente de oración. Su proceso y progreso de oración, fue una constante ascesis en su vida. La nueva visión del Vaticano II, le hizo libro abierto a la renovación, se hizo amigo de los salmos y la liturgia, de la oración, meditación y el rezo vocal. ¡Cuántos rosarios rezaría a lo largo de su vida! Antes que la Comunidad se levantara, ya había rezado tres rosarios, preparaba el desayuno para la Casa de Ejercicios, visitaba la iglesia, la Capilla del Santo, las ermitas y había pacificado su espíritu y todo su ser en la voluntad de Dios.
El ejemplo de su trabajo es inigualable. Había que verle convivir y trabajar, creando un estado de dulzura, él que era tan enérgico, tan explosivo, que no le gustaban las cosas mal hechas, que adoraba la perfección de todo, que aprovechaba hasta el pegote de yeso más pequeño o se admiraba de las lechugas y tomates cultivados. ¡Cuántas y qué hermosas cosechas sacaba de lo que él cultivaba! Tenían el riego de la oración, decía.
Fr. Jesús vivió, desde que pidió el ser franciscano, un proceso de conversión en continua ascesis. Convirtió su vida en un volcán de fuego que consume todas las piedras y las eleva hasta hacerlas incandescentes. Fr. Jesús, desde el inicio de su conversión, como lo llamaba él, hizo una auténtica subida en ese seguimiento de Jesucristo. Su amor se convirtió en total y radical seguimiento hasta llegar a la unión con el Jesús Crucificado.
El tema del dolor en Cristo, la Madre y San José, era muy meditado. Un influjo fuerte, que le añadió a su tipo y figura, fue el encuentro con la espiritualidad y vida de San Pedro de Alcántara. Tal como se escribía, se predicaba y se dirigía, así quiso imitar y seguir esa espiritualidad. Se pegó a él con cilicios, disciplinas, pies descalzos, poco dormir, muy poco alimento, etc. Él mismo lo contaba.
Desde el año de mi noviciado (1959-1960), tuve la suerte de conocerle. Yo le admiraba. Era maestro de postulantes. Me fijaba en lo que hacía, cómo lo hacía, dónde se colocaba, cómo ponía las manos en las mangas del hábito, su mirada, su cabeza inclinada, las veces que usaba el alfiler que llevaba en el cordón, para vencer el sueño y distracciones...Y las noches, ya se hablaba de que no dormía. Era un hombre decidido a ser santo.
También le he conocido en su salsa de hombre y humano. Me acuerdo de haberle visto jugar a las cartas, con pasión, con alegría y a voces. Echaba el alma y la ilusión; siempre por hacer el bien, por complacer y hacer felices a los hermanos. Allí escuché de su propia boca muchas cosas admirables, que después, más tarde, las fue superando en los 15 años que convivimos juntos (1976-1991). Me perdería en detalles. Pero sobre todo, su vida misma envuelta en la caridad y en la comprensión, en el anhelo de alcanzar el puerto, en la seguridad de la misericordia del Señor y de la Madre.
Fue un hombre excepcional, auténtico, que procuró ser verdadero en todo, que trabajó por hacer la verdad lo mismo con las plantas en la huerta, que en los momentos de preparar una paella en la cocina. ¡Yo he comido ricas paellas de Fr. Jesús! Lo hacía de una manera especial. Y de café... Qué ilusión ponía, le decíamos el café “jesusino”. Todos se sentían animados a tomar un poquito de su café. Lo daba con risa, como quien anima al gozo, como quien da también amor.
Nos contaba los viajes a Alcalá. Las peripecias pasadas y los nuevos pobres. Las amistades con los sencillos, los niños, los necesitados... le robaban el corazón, el tiempo, cuanto tenía. Todo lo que le daban, lo que sobraba, lo que otros no querían, él encontraba siempre un niño o un pobre a quien le venía bien. Los pobres, los niños, los enfermos eran su debilidad. Lo dejaba todo por ir a visitarles, estar con ellos, llevarles al menos una palabra. Había en su interior una auténtica caridad con la que veía a Dios en ellos.
Colocó en la capilla un cepillo al Santo para limosnas, y yo le dije que cuando muriera le pondría uno a él para ayudar a los pobres que tanto quería. Alguno no lo vio bien, pero la obra que él hacía por los pobres, no debe terminar. Como no debe terminar la alegría que trasmitía con su sonrisa sencilla, cuando en las fiestas se ponía a predicar. ¡Él si que era un verdadero predicador arrebatado! Le acompañaba la cara, las manos, la voz, la cabeza, las palabras y el fuego. Y al final, casi siempre concluía con el llanto, aunque el final era la MADRE... ¡Cuánta dulzura ponía al hablar de la Virgen! Nos absorbía a todos.
Su fama de “venerable” entre las gentes, no sólo era por su bondad, sino también debido a su parecido con San Pedro, tanto en lo físico como en su vida ejemplar. La gente gozaba con él y él se sentía feliz y se deshacía con ellos. Tenía un don de gentes humano y divino. Hombre fuerte, trabajador, ingenioso, inventor, generoso, lleno de dulzura, recogido y abierto, activo y lleno de Dios, contemplativo y con gran exterioridad, fervoroso y siempre en oración e intimidad con Dios. De él se puede decir de todo y mucho bueno.
En fin, decir lo que fue nos llevaría muy lejos. Es un pequeño esbozo. Dios sea bendito por habernos dado un hermano como éste. Fr. Jesús solía decir: ¡Bendito sea Dios! o ¡Bendito sea el “Señó”! y gritaba. La obra de Dios es palpable en este hermano. Vivió en Dios, se dejo y actuó eficazmente para labrar la Casa de Dios en él. Su vida es estimulante. Dios se haga todo en él.