Fr. José Álvarez Alonso

Era guardián en Arenas de San Pedro -en 1998-, + de Jesús.

Hablar del Hermano Jesús con su larga y fecunda vida con tantos episodios ocurrentes daría para mucho. A lo largo del tiempo que viví con él, manifestó una vida llena de fe y fecunda en obras, tanto materiales como espirituales. Fraile ejemplar e imitador de San Pedro. Los grandes hombres como él tienen de todo, el lo quería abarcar todo, pero tenía sus limitaciones. Fue un trabajador nato que trabajaba día y noche. Un artista consumado, ingeniero e inventor, con una capacidad increíble para realizar trabajos y proyectos de cosas. Se entregaba a los servicios o trabajos hasta la extenuación. Si se dormía no era por enfermedad, era por el agotamiento de su entrega y su esfuerzo de trabajo. Era un auténtico apasionado, vivía las cosas con integridad y a veces hasta llegar a la desmesura de su fidelidad. Su vida de oración, su estar centrado en Dios, su gran devoción a la Virgen, a Cristo, a San José y a San Pedro de Alcántara, eran ejemplares y dignas de admirar. Su penitencia como su amor a los pobres, fueron una labor callada pero eficaz. Entregó su vida en servicio por los hermanos y trató de servirles y hacerles felices en lo que pudo. Su figura apasionada estaba llena de dulzura.

En SANTUARIO, no. 121, comunicó a los hermanos de la Provincia:

HERMANOS: Como sabéis, el día 9 del pasado mes de abril, Jueves Santo, hacia las dos de la madrugada, entregaba su espíritu al Señor nuestro hermano Fr. Jesús de la Cruz.

El Viernes Santo le dimos cristiana sepultura, tras una sencilla ceremonia de la Palabra en la capilla real de esta nuestra casa de Arenas a las diez de la mañana a la que asistió números público y algunos hermanos llegados de diversas fraternidades de la Provincia.

El día 13, Lunes de Pascua, a las ocho de la tarde, celebramos la pascua de nuestro hermano con una solemne Eucaristía en la que participaron numerosísimos fieles de Arenas y amigos de la fraternidad y de Fr. Jesús, algunos hermanos de la Provincia, los sacerdotes de la parroquia, y el señor Obispo de Bilbao, Monseñor Ricardo Blázquez, presente en casa.

Fue el reconocimiento a un hombre que supo querer y hacerse querer por todos. A pesar de que hacía unos años que apenas mantenía relación con el exterior, su recuerdo permanecía vivo entre las gentes, que siempre le consideró como un “alter Petrus de Alcántara”, y así se lo reconoció hasta el último momento.

La muerte no le sorprendió, pues siempre vivió en fraterna compañía con ella. De un tiempo a esta parte solía repetir: “esto se acaba”. A raíz de una tromboflebitis sufrida en 1991, se inició un proceso que lentamente le fue restando fuerzas y facultades físicas hasta que, consumido pero sin dolor alguno, su corazón dejó de latir.

Su deseo manifestado tantas veces de irse cuanto antes a encontrarse con el Señor, alcanzó al fin su cumplimiento, muriendo en la paz de los justos, de lo que somos testigos quienes, a pesar de lo intempestivo de la hora, presenciamos su serena agonía y la entrega de su espíritu al Señor.

Fr. Jesús, nacido en Buenos aires (Argentina), de padres españoles, el 3 del XII de 1911. A su muerte tenía 86 años cumplidos. Huérfano de madre a la temprana edad de dos años le trajeron a España, haciéndose cargo de él una de sus abuelas, bajo cuyos cuidados y rígida disciplina pasó su infancia y primera juventud en Arévalo (Ávila).

En medio de la dureza del trabajo que sufrió desde muy joven, la carencia afectiva de sus padres, sobre todo de su madre, y la pobreza de su condición humilde, fue siempre un buen cristiano y ferviente militante de la Acción Católica en su pueblo de adopción.

A los 24 años sintió la llamada del Señor, y con total decisión rompió su relación con todo su entorno afectivo y laboral y decidió, con el beneplácito de su abuela, ingresar en la Orden Franciscana. Hizo el noviciado en plena guerra civil (1936-37) aquí, en Arenas de San Pedro y emitió su profesión solemne en Ávila el 5 de junio de 1941.

A partir de esta fecha sus destinos fueron: Madrid 1944-55, donde desempeñó el oficio de sacristán; Arenas 1955-62, , donde ejerció el cargo de maestro de postulantes; Pastrana 1962-68 de cocinero, oficio que pasó a ejercer en Madrid de 1968-73, año en que fue de nuevo destino a Arenas, donde permaneció entregado a “sus labores de hortelano, albañil, fontanero...” mientras aguantó su robusta naturaleza.

Hombre dotado de grandes cualidades y dones de naturaleza y gracia, emprendedor y apasionado, pudo haber sido de todo en la vida. Sin frecuentar ninguna escuela profesional de artes y oficios, fue maestro autodidacta en los oficios de albañil, fontanero, carpintero, electricista, hortelano, cocinero... y la obra que caía en sus manos, tanto si era a favor de nuestras fraternidades como a favor de los amigos y los pobres, debía ser perfecta y duradera, lo que significó en ocasiones que no lograra concluir los compromisos que asumía, fiado más de su vivo deseo de servir y ayudar que del tiempo y los medios de que podía disponer.

Fr. Jesús, “el venerable”, como solían llamarle alguno de los hermanos, fue un hombre de una gran personalidad, con grandes cualidades y virtudes y, por consiguiente, también con defectos. Tenía un irresistible don de gentes, nacido tanto de su carácter pasional, de gran corazón, espontáneo, extrovertido, generoso, amable y simpático, como de su silueta de austero asceta alcantarino y hombre espiritual.

Se diría que el contacto con él creaba dependencia en la gente, sobre todo en los pobres a los que amó y ayudó hasta dejarse incluso engañar por algunos desaprensivos.

Se forjó una recia experiencia espiritual, adoctrinado por la madre Ágreda y su espiritualidad, que él bebió en la obra “La Mística Ciudad de Dios”, leída y releído cientos de veces. En ella aprendió a amar hasta las lágrimas la humanidad del Señor, y particularmente su pasión y muerte, y a su luz su corazón logró coronar fielmente su carrera, esperanzado de recibir del Padre amoroso la corona de gloria que no se marchita, junto a María “la Madre”, a la que profesó una profunda y encendida devoción, de la que fue eficaz divulgador.

Los que le hemos conocido y convivido con él tantos años, le seguiremos recordando con agradecimiento y simpatía como un fraile ejemplar que nunca pactó con la mediocridad, ni cedió a la rutina de una conciencia acostumbrada. Generoso, trabajador y servicial, se esforzó siempre por expandir el buen olor de Cristo, como el Maestro.

Y en todo este quehacer se mostró siempre un hombre original y hasta un genial artista, no sólo vivía la vida, la interpretaba y escenificaba: era algo connatural en él. Creo que si a alguien le diera algún día por escribir las genialidades e ingenuidades que brotaron de su ardiente corazón en su dilatada vida, lograría un interesante florilegio con episodios tan sabrosos como los de las florecillas de San Francisco y sus primeros compañeros.

Fr. José Álvarez Alonso. Guardián.
Arenas de San Pedro a 15-IV-1998.