Hablar de la “MADRE” era entrar en otro mundo

Fr. Manuel Prieto Prieto

Conocí y conviví con Fr. Jesús varios años en Madrid (1968-1973), recuerdo hechos y momentos ejemplares de su vida, sobre todo, el haber sido testigo de su generosa amabilidad con pobres y gente sencilla que venían a él. Les trataba con respeto y atención y se ponía en seguida a solucionar sus problemas en lo que podía. Siempre estaba disponible para los favores que se le pidieran. Muchos admirábamos su persona, su modo de vivir, de actuar, de hablar, de rezar, de ver la pasión que ponía en cuanto hacía en cosas espirituales.

Cada vez que le observaba, me daba cuenta que hablaba más con los ojos, con las manos, con el corazón, que con la lengua. Se emocionaba hablando de Cristo y de la Virgen, hasta no poder contener las lágrimas, ya que ponía tanta pasión, ternura y dulcedumbre hablando de la Madre, que contagiaba a los que le escuchábamos. Hablar de la Madre para él era como entrar en otro mundo. El hecho de no haber conocido a su madre terrena, le llevaba a sentir verdadero deseo de tener a María por Madre. Vivía la Maternidad de la Virgen con fervorosa piedad, como una total realidad de su vida. De ahí fluían sus grandes devociones hacia Ella, con rezos de rosarios, lecturas de La Mística Ciudad de Dios, que se la sabía casi de memoria, visitas al Santísimo y la Virgen y rezos particulares que él practicaba. Yo me sentía admirado y de él aprendí a cuidar y no olvidar mis devociones, pues veía el fruto de espiritualidad y gracia que se daban en él.

Como no iba de vacaciones, le invité en una ocasión a pasar unos días con mi familia en el pueblo. Estuvo unos días y no sólo se sintió feliz, sino que hizo felices a la gente del pueblo. Su figura de anacoreta llamaba la atención. Vestido con humilde hábito, con los pies descalzos, las manos cruzadas en las mangas y su forma de ser, cautivó a todos con facilidad. En la iglesia era objeto de admiración por su recogimiento y forma de vivir la eucaristía. A la salida todos querían saludarle, besar su cordón, hablar y escuchar lo que decía. Su humilde lenguaje lo entendían todos. Su teología estaba al alcance de ellos, y todos volvían a casa comentando lo del franciscano fervoroso y bueno.

Los niños le miraban como a persona distinta, pero enseguida se los ganó. Los obsequió con caramelos y les dijo palabras de bondad que escuchaban como un evangelio. A una niñita que le miraba muy atenta le preguntó cuántos hermanos tenía y ella sonrojada dijo que ninguno. Y Fr. Jesús le dijo con toda bondad: “dile a tu mamá que te traiga un hermanito”. Un mayor por lo bajo dijo: es mejor que no. (Su mamá era soltera y entonces era mal visto). Jesús lo entendió y lleno de compasión disimuló y siguió hablándoles del Evangelio.

Observó que a mi madre le faltaba la ducha y el agua en dependencias de la casa y enseguida se comprometió a ponérselo. Vino de nuevo para navidades, se trajo su terraja para hacer las cañerías del agua, y les dejó una ducha con servicio nuevo, muy bien rematado. Parecía obra de un fontanero profesional. Trabajaba sin descanso deseoso de hacer el bien. Su espíritu de servir a los demás y hacerles felices era patente.

Humano y con los pies en la tierra, compartía ratos de intimidad, de solaz y a veces de una partidita de cartas, para divertirles. Sentía gran compasión por los que vivían pobremente. Allí nos contó momentos de su vida en Arévalo, penas, sufrimientos, castigos y situaciones difíciles que tuvo que pasar. Pero Dios fue muy bueno con él, decía, y le llamó a la conversión, mostrándole un camino de perfección, nunca merecido por él. A todos los veía muy buenos, mientras él no sabía serlo.

Causó a todos una impresión de hombre santo. Los días de Navidad él daba a besar al Niño Jesús después de la misa, la gente decía que era otro San Antonio. Era toda una estampa que trasmitía bondad, ternura y fe. Aún le siguen recordando los que le conocieron y tienen la impresión de haber estado junto a un santo. Mi familia le venera por su bondad, por su inocencia y por su profunda fe, vivida con toda integridad.

Su vida de obediencia, como la de pobreza y castidad, fue íntegra. Trató de vivir la vida franciscana en toda profundidad. Tenía siempre en los labios a Nuestro Padre San Francisco y recordaba cuánto tuvo que pasar en el periodo de su conversión. A San Pedro de Alcántara, con el que quería identificarse, le llevaba tan dentro que se configuró con él, imitándole en la penitencia, en la oración, en la caridad como en el servicio fiel a los hermanos. Estaba centrado en la vida religiosa y todo lo miraba y realizaba con esa fe profunda y deseo de perfección.

Por mis estudios en el arte, me llamaba grandemente la atención su figura estética. Le observé detenidamente durante algún tiempo, hasta que terminé viendo en él la figura de San Pedro de Alcántara, del que él estaba enamorado. Descubrí en su figura una gran belleza espiritual, con la que me fue fácil hacer un cuadro del Santo Alcantarino, teniendo como referencia a Fr. Jesús. Y el retrato del Santo se mezcló, sin pretenderlo, con la figura del Hermano Jesús que me dejó sorprendido. Le vi trabajando sin la capucha y le pinté en el cuadro con la túnica sola, en estado de pureza, como el pobre humilde invitado a las bodas del Cordero Cuando lo acabé, me di cuenta que Dios se sirvió del arte para hacer historia y profecía.

Presencié escenas de auténticas florecillas, como la de hablar de los crudos y después de hablar mucho tiempo, terminar preguntado qué eran los crudos. O la de verle hablar apasionado y accionando, golpearse el ojo emocionado, haciéndose mucho daño. O la de escuchar relatos de su vida de niño, llenos de dolorosas pruebas y sentimientos. Es algo que nunca podré olvidar. A toda mi familia nos dejó impresionados por su forma de vivir cuando estuvo en mi pueblo. Mi padre decía: “este entra con sandalias y capucha en el cielo”.

Siempre se interesaba por mí y mi familia, me animaba y deseaba que progresara en todo, especialmente en lo principal: la vida de Dios. Por eso, su recuerdo y su presencia siguen vivos en mi mente, ya que él me enseñó con su vida y ejemplo a perseverar en esa búsqueda de Dios. Él construyó su vida en Dios e hizo de ella un hogar para el Señor, bajo el amparo de la Virgen. Personas como estas, no se las puede olvidar. En mi interior sigue vivo y forma parte de mi vida. Le siento muy cercano, presente y a mi lado. Su imagen sigue llenando mi mente de ideas bellas. Estoy seguro que su obra religiosa, espiritual, caritativa y llena de fervor, dará fruto a su tiempo.