
Fray Victorino Terradillos en varias ocasiones ha dedicado a Fr. Jesús poemas sugerentes y llenos de belleza. Los que aquí le dedica son de gran riqueza de ideas y pensamientos. Nos sitúa de lleno ante el misterio del espíritu y de la gracia. Es un coloquio de espíritu a espíritu, en el que la llama mística de las cosas cede a la emoción, al entendimiento y arrebato del alma. Son pensamientos de luz místico-teológicos que buscan al amigo-hermano, ausente-presente (Fr Jesús). Es palabra hecha arte, belleza, puro contacto con la gracia. Son versos de oración, secretos del amigo, testimonios inéditos archivados en la luz de la experiencia.
Es un canto a la vida de Fr. Jesús: a la oración de la aurora, al centinela madrugador mañanero, a su espíritu herido como el ciervo, al hombre que vivía la Palabra, que la ansiaba de noche, la rezaba a la Madre, imitando a Cristo, viviéndola en el pobre.
En cierto modo, son alegatos llenos de certeza. Afirmaciones del corazón avaladas por la razón. Es la fuerza de la verdad que grita y quiere ser proclamada. Dios ha callado, humillado por los golpes, pero es la hora, su hora, en la que hasta las piedras gritarán si los hombres silencian su voz. Cristo sepultado en el hermano, reclama la luz de pascua.
El poeta está en pie y pide silencio. Contiene la voz. Ordena el pensamiento antes de anunciar el advenimiento de Dios, y suavemente comienza.
Me Adelanto a la Aurora
I
Estoy en noche plena
cuando la luna llena todos los escondrijos
del bosque muerto.
Yo mismo me siento herido, confundo el viento.
Echo a correr como la corriente del agua
que desciende de los cielos abiertos,
como la cascada de
fuego en la zarza del Sinaí. Advierto
el relámpago y el trueno, la inmensa tiniebla,
cubriendo las nubes la tienda del encuentro.
¡Quién me diera alas para correr hacia la aurora,
adelantarme al tiempo,
llegar antes y pronto, aunque me sofoque el corazón!
Luchamos entre los dos. Yo niebla y tiniebla,
oscuridad en el paisaje bello, mojado por la helada,
sin calor, sin esperanza de ver la amanecida. Yo corro.
La aurora se detiene en su carrera, espera a que mi voz
sea una con ella, atada al mismo carro, al salmo
que repite la llegada. ¡Quien se adelanta llega!
Como una flecha fugitiva, mi canto
avanza antes de que llegue la aurora
a mi cañada.
Me adelanto. Tú corres y me adelantas.
Así es toda mi espera en el castillo y viaje,
en el camino largo, en la plaza, en el día
de sol o de follaje, sin árboles copudos,
sin ramaje verde o tallos de primavera.
Así es mi espera infinita, insaciable,
la misma espera de la negra noche
que no atisba las estrellas o el oriente,
la misma del centinela. ¡Espera!
¿A quién voy a esperar en la mirilla
si mi amor no llega por la noche?
¿En qué viña puedo esperar racimos
si ya entraron las raposas a devorar?
Como el centinela ¡Así aguardo y espero
el ventisquero, la caída del agua, el injerto.
La llegada a mi puerta. ¡Espero, espero!
Como el centinela que grita: ¡ya la aurora!
Más que el centinela,
yo espero la madrugada del viento,
el fuego del cañaveral, el remanso
de las caricias, tu abrazo y el beso.
¡Más! ¿Tanto es?
Más que el centinela que aguarda la aurora,
más espero yo tu llegada, tu llaga y tu presencia,
la claridad hecha nieve y alta montaña,
la laguna y el mar.
¡Tanto es! Que ni sabré decir cuánto te espero,
ni cómo es mi espera y esperanza,
la próxima visita de tu sol
que quemará toda la fría noche que te aguarda.
Qué frágil es el gamo, el ciervo herido,
el solitario pájaro en el tejado,
el cormorán sin nido,
el hijo en el seno no querido.
Siento la fragilidad de quien espera
que llegue a buen término la barca,
que traiga buena carga de pescado,
que la mar se rellene en su vientre.
Espero. Todo el que espera ansía
la nueva luz, la primera pisada.
Deslumbrado por las cordilleras,
los remansos de la oración y la ventisca,
espero y esperamos.
Siento la fuerza y fortaleza de quien espera
vencer este cierzo del norte, el regañón.
Superar la pared más vertical de la montaña,
llegar hasta la cumbre.
Allí espero ver que la aurora llegue,
picando las puntas de los glaciares,
repintando de acuarelas y óleos
los osos polares. ¡Espero!
Qué voz tan centinela,
de herido ciervo,
de gamo moribundo,
de amor próximo al traspaso de las almenas.
¡Espero! ¡Espero! ¡Espero!
Yo soy hoy tu centinela
Después de jarrear el agua toda la noche,
descubierto el chamizo, sin bardal,
a boca llena esperé tu palabra.
Esperando tu palabra he corrido, he gemido como las bestias
en la noche cuando son presa, cuando cazan, cuando les llena el miedo,
la alegría, la fuerza de los cepos, las fauces plenas de comida devorada.
Dulce y llena tu palabra, hace temblar todo el edificio de piedra
labrada a cartabón, las lindes más seguras y aceptadas,
los aldabones de las puertas.
Yo esperé tu palabra caliente y bienoliente, la que despeja la niebla
y hace batir la sangre, la que arropa más segura que la cabaña del pastor.
realidad de raíz, de cepa, de tronco mirándose en la corriente, con fruto perenne.
Al despertar me sació tu palabra,
la misma que tú envías al despuntara la aurora,
para todo sediento que la anhela, para todos los pobres que tiemblan.
¡Cómo no conmocionarme al escuchar,
si salta tu voz a mis entrañas, si me llega tu nombre, tu bendición y tu presencia,
envuelto todo en el sonido suave y susurro de madre!
Mi Señor, mi todo, mi voz y mi aullido, mi silencio y mi costado,
dolor y alegría, escucha y madrugada, aurora, tejado hundido,
sol levantando las hierbas más mandrágoras.
¡Oh pira, madreselva, pruna, sanguina, salmuera,
muerte que estaba en el zancajo! Se diluye la negrura
cuando envías llanamente tu palabra.
Yo corrí, me abalancé con la aurora sin dique, hasta llegar a las puertas
del diluvio, sin ramos de olivo, sin esperanza de calafatear el barco,
sólo esperando la salvación por tu palabra, desde tu palabra.
Cuando estemos comiendo en la redondez de tu palabra,
la mesa se hará grande para toda la familia, porque hemos esperado
tu Palabra en el tiempo en que no había ni plato, ni codorniz, ni maná.
Se rompen los celajes;
por el otero asoma la luz de tu palabra,
la voz que me enamora.
¡Oh, Juan de la Cruz, mañanero en la cárcel,
prisionero de amor, plañir es lo que hace
la fuente sola, aunque sea de noche.
Oigo. Oímos todos los caminantes
bajo las estrellas de Orión,
la luna llena, el espacio quieto como los clavos.
Si llegará avanzada la herida, abierta
antes de la aurora, descubierta de todo tapiz
blanco y rosa, como la tela de púrpura fuera de las espaldas.
¡Oh! ¡Ah! ¡Ay! ¡Huy!
Las arquivoltas se precipitan en el lago de nubes
cuando se pone el sol lleno de frío.
Se asoma ya la luz, el lucero, el enamorado encuentro
del cuarzo, del terreno repleto de las lagunas,
de la libertad que espera el preso.
Ya en libertad canto, ando, paseo por las estrellas,
sanado después de haber aprendido a esperar,
entre el terruño, el hambre, y la desnudez.
He vivido de la promesa de tu boca,
de abrir los ojos a los ciegos,
visitar al leproso en su cabaña,
de pedir perdón a las flores,
recoger el estiércol de las palomas,
plantar escarolas y arreglar los grifos.
Ahora se levanta la aurora,
por haber compartido el pan
con los hambrientos,
consolar a la viuda,
detenerme a la puerta del drogadicto.
Mis heridas se sanan
al tiempo que recojo
los tomates de la huerta,
las críticas por mis rarezas,
por mis formas extrañas,
por mis impulsos y voces,
por mi pasión en todo,
por jugar a las cartas.
Yo también he tenido
el alma afligida,
he llorado en la noche,
he salido corriendo
huérfano y sin nadie,
a esperar la aurora.
¡Cómo es preciosa
la noche en las estrellas,
cerrada por todos los costados,
huerta en soledad,
mantillo para las plantas!
Ha respondido el Señor
a mis súplicas, ha llenado
mi corazón sin madre
con todas las maternidades.
Tengo madre, me siento madre,
las lágrimas son gozo
de saberme con madre y sentirla
en los espacios más profundos
de la misericordia sin engaño.
Se me ha dado este salmo:
el mismo que cantan mis hermanos,
todos los que miran los altozanos.
“Me adelanto a la aurora”.
Yo, con todos vosotros,
soy un cantor en la amanecida,
un ayuno de justicia,
un huerto nuevo
donde ya no hay huesos secos.
Florecen los esquejes más muertos, los celindos
las tomateras, los almendros,
las berzas, las cebollas.
Pasó el invierno.
Vivo en la primavera,
sanadas las heridas
de toda muerte y sequedal.
He llegado con la Aurora
hasta el extremo del Oriente.
En el principio vi los árboles, los peces, los arbustos,
los abismos y la tierra repleta de belleza, los delfines,
la bóveda llena de lumbreras. ¡Qué preciosidad! ¡Todo bello!
Las aves cuando se multiplican, los seres vivos, las especies.
Ver la continuidad de millones de años, las plantas revistiendo
siempre su raíz y su corteza, engendrándose el ser de la Naturaleza.
¡Cómo puede caer el paraíso, perderse la espadaña, la torre de Babel,
morder la serpiente, descubrirse la desnudez, comer con la mentira,
matar Caín a Abel, entrar en el caos, derramar la sangre, ser infecundo!
Yo disperso, entre los rebaños, rostro en tierra, con nombres de Saray,
Sodoma, Betel, Moab, Raquel, Lía, Isaac, Jacob, José, Rebeca,
luchando en la noche hasta despuntar la escala con el pretil en el cielo.
Bendíceme con la amplitud del aroma del campo,
con la luna que llena de luz el pozo y los prados, los lirios;
que ya hemos combatido toda la noche y tú has vencido.
Ha ganado José, el soñador vendido, el esclavo intérprete de los sueños,
el mejor hermano que entrega la copa en el saco de trigo,
que sabe celebrar los funerales solemnes por su padre Jacob.
Séptimo canto al despuntar la aurora, en la génesis,
en la promesa de un nuevo pacto sellado
en el temblor de una lucha ganada por Dios.
II
Así es toda mi espera en el castillo y viaje,
en el camino largo, en la plaza, en el día
de sol o de follaje, sin árboles copudos,
sin ramaje verde o tallos de primavera.
Así es mi espera infinita, insaciable,
la misma espera de la negra noche
que no atisba las estrellas o el oriente,
la misma del centinela. ¡Espera!
¿A quién voy a esperar en la mirilla
si mi amor no llega por la noche?
¿En qué viña puedo esperar racimos
si ya entraron las raposas a devorar?
Como el centinela ¡Así aguardo y espero
el ventisquero, la caída del agua, el injerto.
La llegada a mi puerta. ¡Espero, espero!
Como el centinela que grita: ¡ya la aurora!
Más que el centinela,
yo espero la madrugada del viento,
el fuego del cañaveral, el remanso
de las caricias, tu abrazo y el beso.
¡Más! ¿Tanto es?
Más que el centinela que aguarda la aurora,
más espero yo tu llegada, tu llaga y tu presencia,
la claridad hecha nieve y alta montaña,
la laguna y el mar.
¡Tanto es! Que ni sabré decir cuánto te espero,
ni cómo es mi espera y esperanza,
la próxima visita de tu sol
que quemará toda la fría noche que te aguarda.
III
Qué frágil es el gamo, el ciervo herido,
el solitario pájaro en el tejado,
el cormorán sin nido,
el hijo en el seno no querido.
Siento la fragilidad de quien espera
que llegue a buen término la barca,
que traiga buena carga de pescado,
que la mar se rellene en su vientre.
Espero. Todo el que espera ansía
la nueva luz, la primera pisada.
Deslumbrado por las cordilleras,
los remansos de la oración y la ventisca,
espero y esperamos.
Siento la fuerza y fortaleza de quien espera
vencer este cierzo del norte, el regañón.
Superar la pared más vertical de la montaña,
llegar hasta la cumbre.
Allí espero ver que la aurora llegue,
picando las puntas de los glaciares,
repintando de acuarelas y óleos
los osos polares. ¡Espero!
Qué voz tan centinela,
de herido ciervo,
de gamo moribundo,
de amor próximo al traspaso de las almenas.
¡Espero! ¡Espero! ¡Espero!
Yo soy hoy tu centinela
IV
Después de jarrear el agua toda la noche,
descubierto el chamizo, sin bardal,
a boca llena esperé tu palabra.
Esperando tu palabra he corrido, he gemido como las bestias
en la noche cuando son presa, cuando cazan, cuando les llena el miedo,
la alegría, la fuerza de los cepos, las fauces plenas de comida devorada.
Dulce y llena tu palabra, hace temblar todo el edificio de piedra
labrada a cartabón, las lindes más seguras y aceptadas,
los aldabones de las puertas.
Yo esperé tu palabra caliente y bienoliente, la que despeja la niebla
y hace batir la sangre, la que arropa más segura que la cabaña del pastor.
realidad de raíz, de cepa, de tronco mirándose en la corriente, con fruto perenne.
Al despertar me sació tu palabra,
la misma que tú envías al despuntara la aurora,
para todo sediento que la anhela, para todos los pobres que tiemblan.
¡Cómo no conmocionarme al escuchar,
si salta tu voz a mis entrañas, si me llega tu nombre, tu bendición y tu presencia,
envuelto todo en el sonido suave y susurro de madre!
Mi Señor, mi todo, mi voz y mi aullido, mi silencio y mi costado,
dolor y alegría, escucha y madrugada, aurora, tejado hundido,
sol levantando las hierbas más mandrágoras.
¡Oh pira, madreselva, pruna, sanguina, salmuera,
muerte que estaba en el zancajo! Se diluye la negrura
cuando envías llanamente tu palabra.
Yo corrí, me abalancé con la aurora sin dique, hasta llegar a las puertas
del diluvio, sin ramos de olivo, sin esperanza de calafatear el barco,
sólo esperando la salvación por tu palabra, desde tu palabra.
Cuando estemos comiendo en la redondez de tu palabra,
la mesa se hará grande para toda la familia, porque hemos esperado
tu Palabra en el tiempo en que no había ni plato, ni codorniz, ni maná.
V
Se rompen los celajes;
por el otero asoma la luz de tu palabra,
la voz que me enamora.
¡Oh, Juan de la Cruz, mañanero en la cárcel,
prisionero de amor, plañir es lo que hace
la fuente sola, aunque sea de noche.
Oigo. Oímos todos los caminantes
bajo las estrellas de Orión,
la luna llena, el espacio quieto como los clavos.
Si llegará avanzada la herida, abierta
antes de la aurora, descubierta de todo tapiz
blanco y rosa, como la tela de púrpura fuera de las espaldas.
¡Oh! ¡Ah! ¡Ay! ¡Huy!
Las arquivoltas se precipitan en el lago de nubes
cuando se pone el sol lleno de frío.
Se asoma ya la luz, el lucero, el enamorado encuentro
del cuarzo, del terreno repleto de las lagunas,
de la libertad que espera el preso.
Ya en libertad canto, ando, paseo por las estrellas,
sanado después de haber aprendido a esperar,
entre el terruño, el hambre, y la desnudez.
VI
He vivido de la promesa de tu boca,
de abrir los ojos a los ciegos,
visitar al leproso en su cabaña,
de pedir perdón a las flores,
recoger el estiércol de las palomas,
plantar escarolas y arreglar los grifos.
Ahora se levanta la aurora,
por haber compartido el pan
con los hambrientos,
consolar a la viuda,
detenerme a la puerta del drogadicto.
Mis heridas se sanan
al tiempo que recojo
los tomates de la huerta,
las críticas por mis rarezas,
por mis formas extrañas,
por mis impulsos y voces,
por mi pasión en todo,
por jugar a las cartas.
Yo también he tenido
el alma afligida,
he llorado en la noche,
he salido corriendo
huérfano y sin nadie,
a esperar la aurora.
¡Cómo es preciosa
la noche en las estrellas,
cerrada por todos los costados,
huerta en soledad,
mantillo para las plantas!
Ha respondido el Señor
a mis súplicas, ha llenado
mi corazón sin madre
con todas las maternidades.
Tengo madre, me siento madre,
las lágrimas son gozo
de saberme con madre y sentirla
en los espacios más profundos
de la misericordia sin engaño.
Se me ha dado este salmo:
el mismo que cantan mis hermanos,
todos los que miran los altozanos.
“Me adelanto a la aurora”.
Yo, con todos vosotros,
soy un cantor en la amanecida,
un ayuno de justicia,
un huerto nuevo
donde ya no hay huesos secos.
Florecen los esquejes más muertos, los celindos
las tomateras, los almendros,
las berzas, las cebollas.
Pasó el invierno.
Vivo en la primavera,
sanadas las heridas
de toda muerte y sequedal.
He llegado con la Aurora
hasta el extremo del Oriente.
VII
En el principio vi los árboles, los peces, los arbustos,
los abismos y la tierra repleta de belleza, los delfines,
la bóveda llena de lumbreras. ¡Qué preciosidad! ¡Todo bello!
Las aves cuando se multiplican, los seres vivos, las especies.
Ver la continuidad de millones de años, las plantas revistiendo
siempre su raíz y su corteza, engendrándose el ser de la Naturaleza.
¡Cómo puede caer el paraíso, perderse la espadaña, la torre de Babel,
morder la serpiente, descubrirse la desnudez, comer con la mentira,
matar Caín a Abel, entrar en el caos, derramar la sangre, ser infecundo!
Yo disperso, entre los rebaños, rostro en tierra, con nombres de Saray,
Sodoma, Betel, Moab, Raquel, Lía, Isaac, Jacob, José, Rebeca,
luchando en la noche hasta despuntar la escala con el pretil en el cielo.
Bendíceme con la amplitud del aroma del campo,
con la luna que llena de luz el pozo y los prados, los lirios;
que ya hemos combatido toda la noche y tú has vencido.
Ha ganado José, el soñador vendido, el esclavo intérprete de los sueños,
el mejor hermano que entrega la copa en el saco de trigo,
que sabe celebrar los funerales solemnes por su padre Jacob.
Séptimo canto al despuntar la aurora, en la génesis,
en la promesa de un nuevo pacto sellado
en el temblor de una lucha ganada por Dios.
VIII
Las bocas del deseo
abren mi corazón a la hermosura,
a Dios mismo que empuja
más el fuego en el horno.
Todo mi corazón
es llaga que supura más espeso
deseo de poseer.
La misma boca que se abrió deseando.
no se cierra con el aire, el viento,
sino que grita y aúlla.
Se levantará la llama
hasta la torre de las lenguas que cantan,
más allá de la altura que fiebre
junta la voluntad, la verdad y el deseo.
Bocas de deseo
abren mi corazón por el tuyo, Amor,
que ya va subiendo las torres la llamarada
que Tú engendraste en mi tierra árida.
Descansará el corazón
de tanto desearte,
en el ardor de la fragua que quema
la lanza y la saeta enamorada.
El Ángel venga ya
sobre el corazón encendido leño,
y junte llama con la llamarada
que abrasa nuestro Deseo.
IX
Las cuadrigas llevan mi carro de fuego por los siderales cometas,
sobre las alas de un águila siento que me lleva, cobijado y seguro,
agarrado en sus corvas, planeando las alturas más esbeltas. Seguro
estoy bajo sus alas, en la coraza y cresta, entre su pedrería que brilla.
Tengo la seguridad de un hijo, de un niño, de un amante, de una criatura
que acaba de nacer en medio del prado esmaltado de flores. Siento
la grandeza de haber venido a este mundo, aunque perciba la fragilidad
de la vida y de la muerte nada más despertar, de percibir el olor del dolor.
Me llevas de tu mano con la seguridad de quien da de comer al ganado,
con la ternura del pastor que alimenta a los corderos más frágiles.
Tengo la seguridad, nada más abrir los ojos, de que alguien vela en mí
para ser alimentado, conducido, salvado, envuelto en historia de calor.
Un poema bello quisiera recitar desde el profundo corazón que goza
por la presencia tierna de Dios, por su bondad infinita, por el Hijo Amado,
por la Madre. ¡Ay!, si pudiera traer a los mejores Serafines que arden
y a los Ángeles que son enviados a dar buenas noticias.
El mismo Espíritu de fuego que conduce las lenguas para bendecir y proclamar,
hoy entra en mi casa para correr a esta hora tan temprana y adelantarme.
La Aurora sigue sus pasos ligeros de cometa y atraviesa. Me adelanto,
como un meteorito entro en los espacios del Universo Eterno. Unidos.
X
Sobre la piedra estoy grabado como un mandamiento
recogido por Moisés, vengo de estar ante el Rostro de Dios,
vi su espalda, y no puedo contener el gozo y la alegría,
la belleza de su esplendor envolvente.
Soy un Mandamiento, una gracia, una pulsera y anillo, un matrimonio
en los ribazos del monte, una alianza eterna, una casa cimentada en la roca.
Quien me recogió de la cesta de mimbre
en el río, durante el baño, ahora me introduce a su tálamo.
Los brazos de Dios me han subido
como alzan los padres a sus hijos, hasta sobrepasar su cabeza,
y siento el gozo. Se me ha dado una madre en la Ciudad;
entre los hijos yo también soy un hijo con una madre eterna y corporal.
Desciendo del monte con la cara resplandeciente,
que cubro para que no veáis sus encantos,
para que no me robéis los broches de oro,
para que no me preguntéis: ¿ a quién has visto?
Estoy entre vosotros con la misma sed y camino hacia la Tierra Prometida;
os acompañaré siempre en el dolor, duda, sequedad, fatiga y muerte,
porque después de haber visto me vuelvo más hacia lo terreno,
hacia la carcoma, la soberbia, la vanidad.
Me obliga a la libertad el Mandamiento,
a recoger vuestro oro y machacarlo, porque no caben dioses falsos;
beberemos juntos hasta purificar el corazón
de ansias vanas, de fuegos fatuos, de falsedad y apariencias.
Quedaremos en limpieza y pobreza,
como un Mandamiento,
en sencillez y ternura,
guiados por Moisés y Abraham, por el Señor Jesucristo.