Mons. Ricardo Blázquez Martínez.
Arzobispo de Valladolid, en la actualidad.
Arzobispo de Valladolid, en la actualidad.
Conocí a Fr. Jesús en el convento de Arenas de San Pedro, que frecuenté mucho sobre todo a partir de 1972, cuando volví de estudiar en Roma y recibí del Sr. Obispo de Ávila, entonces Mons. M. Romero de Lema, el encargo de la formación permanente del clero. Siendo estudiante en el Seminario Menor los años 1955-1960, visitábamos los seminaristas de vez en cuando el convento y rezábamos ante la tumba de San Pedro de Alcántara; y en seguida buscábamos a Fr. José Trinidad para estar con él, conversar y escucharle atentamente; recuerdo la impresión de sencillez y curiosidad, de toque evangélico, de acogida gozosa y paciente que me producía. Era una persona, a quien el encuentro con Jesús en la escuela de san Francisco de Asís, y la larga experiencia de años con su luz y su cruz, habían convertido en un hombre bueno con el peso que tiene esta palabra, en un hermano, a quien los muchachos acudíamos buscando su presencia amable y cercana. Su bondad nos atraía como un imán y nos sentíamos a gusto dentro de su campo magnético de afecto y confianza.
Los años pasados en el Seminario Menor de Arenas de San Pedro dejaron en mí preciosos recuerdos, a veces sazonados con el agridulce de la vida; en cada rincón emergen acontecimientos y anécdotas que hacen particularmente atractiva la visita. Son paisajes no sólo bellos sino también humanamente profundos y muy elocuentes.
Frecuenté, y en la medida de lo posible continúo frecuentando, el convento de los franciscanos durante muchos años al menos en tres ocasiones cada año: Durante las vacaciones del verano, en la Semana de Pascua y en el marco de las fiestas de Navidad. Siempre encontré una excelente hospitalidad; desde el primer momento experimenté la confianza y la libertad que se sienten al llegar a la propia familia. La celda que me asignan está entre las celdas de los hermanos; participo en las celebraciones litúrgicas con ellos y me siento a la misma mesa. El espíritu franciscano perfuma el ambiente con sencillez y cordialidad. La convivencia en la casa, en la que tengo puerta abierta a todos los lugares; el paseo por la huerta que los frailes han humanizado trabajosamente a lo largo del tiempo convirtiéndola en hábitat ecológico acogedor; recorrer lentamente el bello camino que serpentea junto al arroyo con los chopos crecidos en la orilla; todo ello serena el espíritu y sosiega el corazón.
En este tiempo tuve la oportunidad de tratar con el hermano Jesús y de apreciar su calidad humana y espiritual. ¿Qué impacto me produjo? ¿Qué recuerdos emergen en mi memoria? ¿Qué me impresionó sobre todo del trato con él? ¿Cómo vivía él en aquella pequeña fraternidad?
1.- Imagen viviente de San Pedro de Alcántara
A mí no me cuesta trabajo imaginarme al patriarca Abraham con la ayuda de la imagen venerable y anciana de mi bisabuelo Aurelio. Murió a la edad de 89 años, en un tiempo en que, como dice el salmo, los más robustos llegaban hasta 80; terminaba de cumplir yo siete años. Cuando llegaba a nuestra casa caminando lentamente apoyándose en la cayada, mi madre, que era su nieta, le traía una silla, la colocaba en medio de la cocina, se sentaba, y nosotros, mi madre su nieta y nosotros sus biznietos nos sentábamos a su alrededor para escucharlo. Él, el bisabuelo Aurelio, representaba nuestra fuente de la vida y de la forma de vivir, de la cultura y de la fe. Podíamos subir junto a él aguas arriba varias generaciones. Su imagen respetable y respetada se me quedó profundamente grabada en el recuerdo, y a través de la cual vislumbro a los grandes patriarcas de que nos habla la Sagrada Escritura.
Pues bien, viendo a Fr. Jesús de la Cruz me resultaba muy fácil imaginar a San Pedro de Alcántara. Era Fr. Jesús alto, calvo, delgado. Lo que escribió Santa Teresa de Ávila sobre San Pedro de Alcántara puede trasladarse al hermano Jesús: “Era muy viejo cuando yo le vine a conocer, y tan extrema su flaqueza, que no parecía sino hecho de raíces de árboles. Y con toda esta santidad (“pobreza extrema y mortificación”) era muy afable, aunque de pocas palabras, si no era con preguntarle; en éstas era muy sabroso, porque tenía muy lindo entendimiento” (Libro de la Vida, 27,18). No me extraña que los artistas se hayan inspirado en la imagen del hermano Jesús para representar a San Pedro de Alcántara. Era para nosotros y para tantas personas que lo trataron como un retrato exterior e interior del famoso reformador franciscano. Pude percibir cómo la bondad y sonrisa de Fr. Jesús eran al mismo tiempo don de Dios y fruto de una laboriosa tarea suya. Espontáneamente hubiera sido duro y riguroso; pero la gracia de Dios no fue estéril en el hermano Jesús; en él se podía comprender hasta donde puede conducir la gracia de Dios bien correspondida. Por eso, el hermano Jesús era una invitación personal a entrar en comunicación fiel con Dios.
2.- Conversión cristiana de un hombre apasionado
Fr. Jesús era, por temperamento, todo lo contrario de una persona indolente, descuidada e indiferente; era por naturaleza apasionado. Se podía percibir fácilmente su brío interior, su decisión sin doblez, su pasión sin tibieza. Era un amante de la verdad con apasionamiento. La verdad y el amor de Dios, de nuestro Señor Jesucristo, de la Santísima Virgen y de la Iglesia eran creídas y vividas con decisión y entereza. La mediocridad no cabía ni en su cuerpo ni en su espíritu. Vivía a carta cabal la fe, la fidelidad, el amor, el dominio de sí mismo, la servicialidad, la oración; nunca rebajaba para él el esfuerzo por el dominio de sí mismo, la exigencia del Señor a entrar por la puerta estrecha; pero al mismo tiempo era una perfección no hiriente para nadie sino respetuosa de los demás. La verdad en la que estaba como asentado no se traducía en denuncia insultante sino en invitación amable a otros. Era profundamente piadoso; en la capilla se sentaba siempre en un rincón, como eligiendo el último lugar; así la distancia exterior le facilitaba la concentración orante. Como escribió el apóstol San Pablo de sí mismo (cf. Fil 3,4-14), podemos decir del hermano Jesús que el apasionamiento característico de su temperamento, cuando Dios ocupó el centro de su corazón, fue reorientado diligentemente a la causa de Dios.
Fr. Jesús había trabajado mucho su forma de ser y de vivir; el sacrificio y la paciencia, mortificando lo que podía inclinarlo al mal, le habían vuelto muy afable y supremamente atento. No se puede decir que la suya fuera una especie de amabilidad innata y bonachona; fue fruto de una vida nueva regalada por Dios a su amigo que la deseaba vivamente; como signo fehaciente de esta voluntad se esforzaba sin cesar por cuidar el don recibido. Su nuevo modo de ser fue una gracia de Dios otorgada en medio de la lucha. No había en él rigorismo e intransigencia, sino comprensión y respeto de la intimidad de cada persona. Por ello, no juzgaba ni condenaba, sino se remetía al juicio de Dios infinitamente santo y bondadoso. Así como el orgulloso tiene el atrevimiento de plantarse ante Dios y exigirle la paga, de despreciar y condenar a los demás, el auténticamente humilde se acerca con confianza a Dios y con respeto a los hermanos. El amor de Dios, derramado en el corazón, hace a las personas hijos de Dios y hermanos de los hombres y mujeres. Se recupera en el contacto con Dios las relaciones humanas sin miedos ni intentos de dominar e instrumentalizar a los otros.
Al lado de Fr. Jesús se comprendía con claridad lo que es un creyente en Dios, un discípulo del Señor, un hijo del “Poverello” de Asís y un espejo de Pedro de Alcántara. Era una presencia acrisolada por Dios y de esta manera un testigo transparente de su cercanía y de su misericordia para con los pobres y enfermos, sencillos y pecadores. En Fr. Jesús se podía apreciar qué tipo de persona crea la entrega sin reservas a Dios, revelado en Jesucristo. Junto al hermano Jesús se recibía la garantía de que Dios existe y es bueno, de que el Evangelio es la verdad, de que la acogida del Padre Dios crea fraternidad honda y amable; hasta las mismas cosas creadas por Dios emiten un mensaje de fraternidad a los hombres. De manera sencilla y vigorosa, manifiesta y profunda, se transparentaba en Jesús lo que es ser cristiano y franciscano, ser hermano de todos y estar cerca de los necesitados, gozar con los que se alegran y sufrir con los que padecen. Dios le había creado un corazón humilde, sensible y generoso.
3.- Entrañable devoción a la Virgen Madre de Dios y Madre nuestra.
Varias veces le escuché que desde hacía muchos años leía cada día un capítulo de La Mística Ciudad de Dios. Vida de la Virgen María, escrita por la Venerable María de Jesús de Ágreda. Bastantes veces había leído la obra completa, que tiene más de 200 capítulos y más de 1500 páginas. Es un volumen casi tan grueso como la Sagrada Escritura. Disfrutaba leyéndolo, porque en él encontraba una exuberante devoción mariana y unas reflexiones tan abundantes que le parecían corresponder al genuino sentimiento filial hacia la Virgen. Este libro fue como el intérprete del amor y piedad mariana del hermano Jesús.
Relacionaba la lectura asidua de la Mística Ciudad de Dios con el hecho de que no había conocido a su madre. Cuando quería de alguna manera justificar el que acudiera todos los días a este extensísimo libro sobre la Virgen María, decía extendiendo las manos en un gesto muy expresivo y personal suyo: “¡Es que es la Madre! Sabe, yo no conocí a mi madre”. En María, presentada en el relato abundante y piadoso de La Mística Ciudad, encontraba como fundidas en una sola a la madre de la tierra y a la Madre del cielo. Manifestaba Fr. Jesús un amor tan acendrado, tierno, dulce, hondo y afectuoso a la Virgen María Madre de Dios y Madre nuestra, que desde el espíritu desbordaba a lo corporal. Al gesto de las manos extendidas unía a veces otro muy expresivo: Se relamía los labios y paladeaba como quien encontraba gusto y dulzura al pronunciar el nombre de María, de la Madre. Todos los sentidos pueden ayudarnos al encuentro con Dios: Como luz para los ojos, palabra para los oídos, suavidad al tacto, perfume al olfato, dulzura al paladar. El amor a la Virgen inundaba el corazón del hermano Jesús y se derramaba exteriormente.
4.- El don de una persona transfigurada por la redención.
Mostraba Fr. Jesús con su entera presencia; con sus palabras, su mirada, su actitud, su comportamiento, que la vocación franciscana se había convertido en raíz del árbol fecundo de su vida. Estaba totalmente identificado con ella, en el espíritu y en los signos, por ejemplo, en el aprecio del hábito; en éste encontraba su alma franciscana una expresión de su fidelidad. En Jesús nada era postizo y artificial, como de fachada y apariencia.
Todo era auténtico y sincero y al mismo tiempo respetuoso; quien está seguro de su vocación y de su vida no es impositivo ni avasallador de nadie, sino un testigo de la verdad que llena de sentido y de entusiasmo la existencia. Cuando Fr. Jesús entusiasmado por la causa de Dios, recordaba con dolor hechos y personas contrarias, sentía profundo dolor y celo ardiente por la fe; pero cuando advertía de que su vigoroso impulso podía llevarlo a faltar al amor de quienes piensan y actúan de manera diferente, en seguida echaba el freno y dominaba su tendencia para no proferir la mínima palabra hiriente y ofensiva contra otros.
Recordaba a veces con ingenuidad y sencillez sus grandes trabajos juveniles, el hambre padecida en años de penuria por una persona de mucho comer, las mortificaciones por cumplir la regla franciscana, sus distracciones en el camino de Dios que como es frecuente en los santos él probablemente exageraba. Pero todo, recuerdos dulces y amargos, lo luminoso y oscuro, estaba integrado en el amor de Dios y a los demás; su memoria estaba purificada y descansaba en la bondad del Padre Dios. Recordaba su pasado sin asomo de queja ni de orgullo. Lo recordaba ante la misericordia infinita del corazón de Dios. Con profundidad miraba hacia Dios en la oración; con gratitud levantaba los ojos y los brazos hacia lo alto, cuando en la conversación hacía memoria de algo que era signo claro de la bondad divina. Estaba Fr. Jesús como instalado en la serenidad y la paz, en la voluntad de Dios a la que remitía su pasado, presente y futuro. La gracia había creado en él como una nueva forma de ser, de vivir, de pensar, de sentir, de hablar. Podemos decir que era una persona en quien la redención emitía muestras visibles. Todo había sido limpiado, remodelado, convertido en transparencia de la gracia de Dios. Había alcanzado su vida tal irradiación de humildad, de fraternidad servicial, de pequeñez evangélica, de “minoridad” franciscana, que producía un encanto trascendente en quienes lo trataban y conocían. El Evangelio de nuestro Señor fue su regla de vida. Su vocación cristiana y franciscana fue una estela luminosa que muchos hemos podido ver y conservamos su memoria con gratitud.
Mons. Ricardo Blázquez.
Arzobispo de Valladolid